martes, 29 de noviembre de 2011

ADEN 2º Premio Osmundo Bilbao





Ane, cubre su vientre con el manto de la sequía, mientras su vida zozobra contra un huracán de oropeles. Su mundo se levanta cada día, en busca del dorado, pero ella solo consigue ver a duras penas, pequeños y rutilantes reflejos de algo llamado felicidad.
Después de años de papeleos y angustias, por fin, ha recibido la notificación de que la adopción le ha sido concedida.
Se siente tierra acogedora de frutos lejanos, sangre renovada de amor solidario. Ansía tener entre sus brazos el fruto nacido de otro árbol, de otra semilla.
Seim cubre su vientre con el manto de la preocupación, mientras su vida zozobra contra un muro de injusticias Su mundo se levanta cada día, en busca de la supervivencia. Para ella, tierra y agua son los caminos que marcan la senda a seguir. Con trece primaveras fue vendida por su padre, dos cerdos y tres sacos de arroz, es el precio pagado por su esclavitud.
Trabajar en los arrozales y satisfacer a su amo, es su forma de subsistir. Mientras camina despacio, recuerda como fue violada su primera noche.
Acaricia su vientre al sentir la vida empujando sus entrañas, Los dolores se van acentuando, la aldea va quedando atrás, divisa un saliente arenoso del río semioculto por los juncos, se introduce en el, descuelga el cesto que lleva a la espalda y saca una esterilla unas tijeras y trozos de cuerda con los que atará el cordón umbilical. Una manta de diversos colores que ella misma ha confeccionado le servirá para proteger a la criatura.
Se coloca en cuclillas, y con cada contracción empuja con todas sus fuerzas. Los gemidos que salen de su garganta son mitigados por el clamor de las aguas.
Seim tiene a su hija en la más absoluta soledad, es una niña fuerte y sana, pero no el varón que quiere su amo.
La arropa con la manta de colores y la acerca a sus pechos, ofreciendo el maná de la libertad.
La sangre escapa de su cuerpo tiñendo de rojo la tierra, la brisa mueve el cañaveral dibujando sombras de flores pisoteadas.
Sabe que no puede regresar, o su hija morirá.
Ondea el río, como serpiente engañadora, susurra la corriente con lengua de espuma.
Murmuradoras de sueños, mujeres adoradoras del río, cuna nacarada donde quedaron dormidas las hijas que nadie quería.
Seim camina con su hija en los brazos, una fuerza interior la indica que sus ancestros las protegerán hasta llegar a un lugar conocido como” La misión”.
Sola, malparida,, camina entre las sombras con los pies descalzos. En el dispensario no pueden hacer nada para salvar su vida, ha perdido mucha sangre.
¡Madre, madre!, repite antes de morir.¡ Madre para mi hija!
Ane, siente una inmensa ternura al contemplar a la niña de ojos rasgados que duerme plácidamente en cuna de plata.
Por un instante, una punzada de dolor se instala en su pecho, piensa en las mujeres como Seim, y un sentimiento de solidaridad se adueña de ella.
EL agua y la sal se convierten en lágrimas y el arrullo musita esta nana.


Llora, si arrebatamos la tierra.
Llora, si contaminamos el aire.
Llora, si el mar ahoga injusticias.
Llora, si compramos tu cuerpo
Llora, hija mía, llora.




Dedicado a: Aden Salaad, tiene dos años y vive en un campo de refugiados de Kenia. Sus ojos miran al cielo, y su cuna es un balde de plástico roto.

martes, 22 de noviembre de 2011

SENSIBILIDAD

La durmieron entre nubes.
La alimentaron de miel.
La acariciaron con plumas.
La perfumaron con amor.
La columpiaron con el viento.
La dejaron ver el sol.
Sus manos se abrieron a la vida.
Su piel, terciopelo se volvió.

Sensibilidad se llama, anda buscando un color.
La pasión la dijo: rojo es mi color.
La esperanza es verde.
Blanca la pureza de corazón.
Negra la maldad.
Pregúntale al arco iris si algún color te quiere prestar.

Al cielo preguntó y vio las nubes llorar.
El sol reflejó las gotas y pintó con su pincel
Era tal la belleza del lienzo, que de ningún color le quiso despojar.
La tierra, el sol y el agua la ofrecieron un espejo
Donde poderse mirar. 
Y en crisol te convertiste, dulce sensibilidad.


Para Sensi, el amor por el amor.

domingo, 20 de noviembre de 2011

LAPUERTA CERRADA

LA PUERTA CERRADA


La cena estaba siendo un éxito, faltaban apenas unos minutos para comenzar el nuevo año, un agradable aroma a café llegaba hasta el comedor.
Se sentía satisfecha, había conseguido llevar a su familia a la vieja casona heredada de sus padres a celebrar las fiestas alejados de las prisas de la ciudad .Su hijo era el que mas impedimentos había puesto para trasladarse con su mujer y su hija..
El viento  penetraba por todos los rincones y pensó que no podían volver otro año si no se hacían unas reformas. En la cocina, el calor del fuego de leña, ganaba la batalla al frío de la noche.
Los platos y vasos se amontonaban dentro del pequeño fregadero, en la mesa restos del suculento menú se entremezclaban.
El cordero aposentaba toda su grasa y los pocos langostinos que habían quedado compartían su plato con dos lonchas de jamón y cuatro aceitunas.
Rocío se acercó  a la ventana , estaba comenzando a nevar, pequeños copos blanquean la hierba del jardín, los árboles movían  sus ramas golpeados por el viento del norte.
Envuelta en un chal grueso de lana abrió  la puerta y salió  al patio,; no se encontraba bien, le costaba respirar y su persistente dolor de cabeza se estaba volviendo insoportable.
Todo gira a su alrededor , trata de volver a pedir ayuda  pero no tiene tiempo de reaccionar y  cae desplomada sobre la nieve.

  Despierta con una sensación extraña , no recuerda muy bien lo ocurrido ni el tiempo que ha permanecido en el exterior de la vivienda;  Se dirige hacia la entrada de la cocina, observa que la puerta está cerrada, la golpea con los nudillos y espera. Toda su familia está en el comedor y parecen no oírla, atraviesa el patio , y se dirige   a la puerta principal, toca el timbre varias veces .
“Empieza a sentirse enfadada.”
----¿Pero es que nadie me echa de menos? Se pregunta.
Golpea la puerta con toda la fuerza de sus puños, baja los peldaños de la entrada y llega al  jardín, la nieve ha borrado el camino y tropieza varias veces cayendo de bruces; la rabia hace que se levante sin mirar si se ha lastimado.
La zona del comedor está situada a unos cuatro metros de altura, las cortinas están descubiertas y las luces interiores  hacen que vea a todos los suyos. Se encuentran celebrando el comienzo del nuevo año, su marido Antonio sostiene una copa de cava y parece brindar con al resto de comensales, al parecer nadie  se ha dado cuenta de su ausencia. 
Al fin su pequeño ángel, su nieta Luisa, se asoma al ventanal.” Se parece tanto a ella”.
Su nuera Laura no podía evitar el enojo que le suponía tal parecido, la relación entre ellas se podía catalogar de fría, no soportaba la idea que su querido hijo Tomas se hubiera ido alejando, en el fondo de su corazón sentía celos de su nuera pero era algo que jamás reconocería.
Luisa,  mira hacia el jardín con su preciosa carita pegada al cristal, Rocío desprendiéndose del chal y agitándolo al viento, la llama con todas sus fuerzas. Laura aparece también en la ventana, Rocío, siente que su nieta la ha visto.
Laura con la mirada fija en el jardín parece triste, Rocío la observa detenidamente.
El rostro perfectamente maquillado, el pelo rubio, realmente era una belleza, a pesar de que su corazón fuese de hielo. Recordó el día que su hijo la trajo a casa, parecía cariñosa y algo tímida, pero enseguida enseñó sus garras, manipulaba a su hijo a su antojo, por lo único que la aguantaba era por haberla dado esa nieta tan bonita.
Por un instante, las dos mujeres unen sus miradas , pero solo es un espejismo. Laura se aleja del ventanal y corre las cortinas dejando a Rocío en el más absoluto abandono. Desesperada se agacha y remueve la nieve, arranca trozos de tierra y de hierba del jardín y los lanza furiosa.
De pronto recuerda a sus vecinos, un matrimonio mayor que también han venido al pueblo ha pasar las fiestas, los conoce desde hace años, cuando sus padres compraron el caserón indiano venido a menos.
 Las vacaciones de verano eran uno de sus mejores recuerdos, el río donde se bañaban su hermano Alfonso y ella , donde atrapaban cangrejos que su madre preparaba con tomate, los cestos de manzanas, el rico olor a pan de pueblo, a trigo recién segado, los juegos con su querido hermano un año menor.
  Recordó a su madre que no pudo soportar la perdida de su hermano, muerto en accidente de coche, con solo veinte años. Su padre ferroviario su mejor aliado, hombre recto y  tremendamente cariñoso Los recuerdos, se agolpaban frente a ella, era como si su vida pasara en un instante. Estaba dejando de nevar, la luna asomaba iluminado la carretera, no sentía frío, a pesar de no llevar puesto sobre sus hombros el chal de lana. Caminó unos doscientos metros y se introdujo en el sendero que conducía a la casa de sus vecinos, cuando llegó comprobó que la vivienda estaba deshabitada.
Desesperada y confundida, no acertaba a entender lo que la estaba sucediendo.
Dio vuelta sobre sus pasos, y corrió asustada todo lo rápida que podía, camino campo a través en dirección a su casa, abrió la verja de madera que conducía al jardín y vio su chal medio tapado en la nieve y se percato que debajo de el había alguien. Frenó sus pasos y muy lentamente se fue acercando sujetó el chal con una mano y tiro de el.
Su cuerpo inerte se encontraba tendido en la hierba, era ella, estaba muerta, quería gritar pero de su garganta no salía sonido alguno.
Tenia que ser un sueño, estaba segura,” no podía haber muerto” ¿Cómo había sido? Se preguntaba incrédula. ¿Y si era cierto y no era una pesadilla? ¿Quién era? ¿Un fantasma?
Levanto la vista hacia la casa , vio que la puerta de entrada estaba abierta, sin apenas darse cuenta subió las escaleras, entró en el recibidor. Se oían voces en el comedor, era su marido y hablaba de ella, atravesó el pasillo y se detuvo en la puerta, allí estaban toda su familia su hijo, su nuera, y su pequeño ángel. Su marido Antonio, de pie con la copa la recordaba.
----No te olvidamos querida Rocío, te llevamos en nuestros corazones, hoy hace exactamente un año que nos dejaste.
Por fin comprendía, había tenido que volver para recordar su muerte.
--- Salí de la cocina por mi fuerte dolor de cabeza, baje al jardín, levante la vista para saludaros, y en ese momento la vida se me fue, ahora lo entiendo todo.
No me podíais ver, ni oír, y también la causa de que mis pisadas no dejaran huella, sobre la fina capa de  nieve. Me he  visto muerta en el jardín tal y como quede, hoy hace un año, envuelta en el chal de lana, cubierta de nieve.
Volviendo a revivir el momento de su muerte tenia la oportunidad de poder despedirse. Quería que notasen su presencia, se acerco a su hijo Tomas y lo acarició con una inmensa ternura.
Pidió perdón a su nuera por no haberla dejado acercarse a ella, por culparla de todo.
Beso a su marido Antonio con la misma pasión que ponía cuando eran jóvenes.
¡Que fácil había sido su vida junto a el! ¡Cuánto la había querido y protegido! Y dirigiéndose a su nieta  la susurró.
--- Desde ahora yo te cuidaré.
.Una mezcla de miedo y pena se apodero de ella al pensar que ya no los vería mas, que todo había terminado ,nunca había pensado en su propia muerte, la había visto de cerca cuando fallecieron su hermano y sus padres, pero la de ella no la aviso, ni siquiera se dio cuenta que moría.
Su familia estaba empezando a desaparecer igual que cuando se borra una hoja escrita con una goma,
Sentía autentico terror por lo que la ocurriría y al mismo tiempo, una inmensa pena por la despedida.
Cerró los ojos y recordó una frase de su padre.
---Nadie muere del todo si lo seguimos queriendo, si lo recordamos.
Era verdad, allí estaban las personas que siempre había querido y que jamás había olvidado su hermano, sus padres, sonriéndola, dándola de la mano y llevándosela con ellos

viernes, 18 de noviembre de 2011

Camino andado por la senda de la vida.
Sangre y barro en los pies
Alforjas deshilachadas

Abraza mi mano amigo
Terminemos este tramo
Allí, al fondo, está el agua la miel
Nuestros mejores años.


Para Carmen y Carlos

Compañeros siempre

martes, 15 de noviembre de 2011

LA MANZANA FINALISTA CONCURSO DE NARRATIVA JOSE MARÍA PORTEL

Verano de 1963

RECORDAR, APARTAR LA HOJARASCA
VOLTEAR EL ALMA EN BUSCA DE PEQUEÑOS DESTELLOS
DE ALGO LLAMADO FELICIDAD.


Como cada mes de julio, mi hermano Raúl de catorce años y yo, María de ocho, tomábamos el autobús Madrid-Bilbao, para visitar a los abuelos y comenzar las largas vacaciones de verano en un pueblecito de la costa cantábrica. Disfrutaba poco de aquellos viajes, pues permanecía dormida casi todo el recorrido.
Mi hermano, en aquellos años era el responsable de cuidarme, dado que mis padres permanecían en Madrid por trabajo hasta agosto.
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Mi abuela se llamaba Emilia y mi abuelo Ramón, mi abuela era alta y de anchas caderas, de carácter fuerte imponía su matriarcado al resto de la familia. Zapatilla en mano como si de un estandarte se tratara, resolvía los conflictos infantiles con la sola amenaza de descalzarse y aunque el castigo consistía en quitar el polvo de nuestras posaderas lo cierto era que resultaba ejemplar. De creencias fuertemente religiosas aprovechaba nuestra estancia con ella, para ponernos al día sobre cuestiones de fe, estaba convencida que en ese aspecto nuestros padres nos tenían bastante descuidados.


Me llevaba consigo a los diferentes oficios que se celebraban en la parroquia, la misa y el rosario eran para ella parte de su vida. Comentaba que en la capital no se vivían las cosas de igual manera y que mis padres eran ovejas descarriadas. En aquellos años no entendía su significado, pero si mi abuela lo decía, nadie lo ponía en duda.


El abuelo Ramón hombre tranquilo y cariñoso, de mirada color avellana, manos agrietadas y boina cubriéndole la cabeza, pasaba las horas trabajando la madera, había sido carpintero y nos hacía todo tipo de juguetes a nosotros y a nuestros primos: carretillas, casitas de muñecas y pequeños taburetes con el nombre tallado en ellos.


Recuerdo a una niña de ojos grandes y cara pecosa, con dos largas trenzas, la cual se convirtió en mi amiga inseparable. Se llamaba Rosa, juntas íbamos en busca de tesoros escondidos, soñábamos con las hadas de los cuentos y nos escondíamos de los ogros que vivían en el bosque. Como si de una película de piratas se tratara asaltábamos los huertos de los vecinos, peras, manzanas cerezas, uvas, eran el botín conquistado.


Los días transcurrían entre juegos y sueños, todo cuanto nos rodeaba se convertía por arte de magia, en puro disfrute, en un instrumento creativo para la imaginación.


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EN BLANCO Y NEGRO RECUERDO MI INFANCIA
CAMINANDO POR EL ARCO IRIS
UNA LLUVIA DE COLORES DESPERTO MIS SENTIDOS
ROJOS AZULES Y VERDES PINTARON MI ALMA.
La noche de los miércoles proyectaban cine en el frontón al aire libre, películas y teatrillos se ofrecían para los jóvenes y niños que durante la época estival disfrutaban de las vacaciones.


“Marcelino pan y vino” rezaban los carteles, acomodé el banquito que el abuelo Ramón había gravado con mis iniciales y junto a mi amiga Rosa, nos dispusimos a ver la película mientras mi hermano y sus amigos llenaban el pelo de palomitas a las niñas mayores y jugaban azorados a levantarlas las faldas y robarlas algún beso.


Cuando comenzó la película me olvidé de todo cuanto me rodeaba, sumergiéndome en las hazañas de aquel niño de cara angelical, que hablaba con un Cristo muy parecido al que yo había visto en la iglesia del pueblo.


La talla que colgaba en la parte posterior del templo y a la cual mi abuela rezaba y besaba los pies, era muy parecida a la de la película, o al menos esa era la impresión que me causaba a la edad de ocho años.


Durante varios días, no conseguí olvidar al niño que llevaba pan a aquel hombre crucificado y empecé a preguntarme que tal vez, yo podía ser como Marcelino y hacerme amiga del Cristo de la iglesia del pueblo.


Desde la imaginación tramé un plan y decidí contárselo a mi amiga Rosa, que a pesar de tener mi misma edad, pronto comprendí que ejercía cierto poder de persuasión sobre ella.


Fui fraguando una idea y la hice partícipe de mis intenciones. Ella asustada se negó en rotundo, tenía miedo a que el párroco nos pillase y al castigo correspondiente, pero finalmente accedió a acompañarme.


La decisión estaba tomada, yo me encargaría de coger la mejor de las manzanas del frutero, Rosa había conseguido dos galletas del tarro bueno, las que estaban destinadas sólo y exclusivamente para las visitas. Escogimos el día en el que mi abuela y parte de los vecinos se encontraban segando la hierba, los fardos se almacenaban para alimentar al ganado en invierno, el pueblo estaba más solitario que de costumbre. Nos dirigimos silenciosas y nerviosas hasta el pórtico de la iglesia, empujamos con fuerza la puerta de entrada, tal vez porque nuestros ojos estaban acostumbrados a la claridad, las dos sentimos un escalofrío al enfrentarnos a la oscuridad de aquel recinto. Rosa en un acto reflejo y vencida por el temor, me entregó las dos galletas y salió corriendo.


La puerta se cerró bruscamente tras de mi, el corazón me latía fuertemente, los ventanales acristalados con figuras de colores dejaban pasar resplandores nacarados violetas áureos, comencé a andar lentamente hasta encontrarme con aquella preciosa talla de Jesucristo.


Me arrodillé frente a él en un reclinatorio de terciopelo granate y contemplé con mi mirada de niña, el sufrimiento y la pena que había en aquellos inmensos ojos de color miel, lágrimas de sangre corrían por sus mejillas, y en su pecho una profunda herida destilaba un líquido acuoso y rojizo.


A pesar del temor que sentía le ofrecí los presentes con el ánimo de que su mirada dejase de reflejar tanta tristeza. Despacito y sobrecogida, deposité la manzana y las dos galletas en el suelo. Puse las manos como me decía mi abuela que se colocaban para rezar, juntando las palmas y los dedos de las manos y acercándolas a la boca y la nariz.


Durante un buen rato me mantuve expectante y temerosa, en el fondo tenía miedo que soltase sus clavos y bajase a por mi, recordaba que en la película, Marcelino se iba con él y que los frailes lloraban su pérdida.


Comencé a hablarle, le expliqué las razones que me habían llevado a visitarlo, que quería ser su amiga. Le prometí que durante mi estancia en el pueblo iría a visitarlo todos los días y le rogué que no me llevara con él, yo tenía familia y si no aparecía mis padres y mis abuelos se iban aponer muy tristes y mi hermano se iba a enfadar.


Durante el resto de las vacaciones visité a aquel Cristo, de ojos tristes convirtiendo mis pensamientos en charlas con un amigo.


El verano tocaba a su fin, como cada año con la despedida, íbamos dejando en el camino pedacitos de inocencia, la cual se quedaba prendida en las hojas del calendario.




LA LUZ EN LA TARDE SE APAGA
SE DESHACE COMO EL AZUCARILLO EN EL AGUA
DULCEMENTE SE PIERDE EL RECUERDO DE SU COBIJO.


Han pasado los años y todo ha cambiado, la iglesia fue remodelada en los años setenta, el retablo fue sustituido por una gran cruz que preside el altar mayor, carteles alusivos al amor y a la solidaridad han sustituido a las tallas de los diferentes santos y vírgenes a los que mi abuela era tan devota. El Cristo de mis recuerdos, no cuelga ya de sus paredes. No sé que habrá sido de él, sólo espero que no se encuentre en algún almacén lleno de polvo.


El poso de los recuerdos, me devuelve a la nostalgia de la infancia, donde todo era una seductora magia, llena de amor.


La manzana, en este caso no era la del paraíso, pero aun me pregunto si conservo algo de aquella ternura y la creencia de que aquel Cristo aun recuerda a la niña que quiso ser su amiga.



BUSCO LA INOCENCIA EN EL MURMULLO DEL VIENTO
EN LA NOCHE ESTRELLADA
EN EL RIO QUE SERPEA

domingo, 6 de noviembre de 2011

Dulce niña.

Ojos de mar profundo,aguas bravas.
Destellos de nacar, en la mirada.
Cresta de ola,espuma de marejada.
Arrecife cristalino, tempestad y calma.
Oteando el horizonte
descubriendo nuevas moradas.
Durmiendo entre nubes, con la luna de almohada.
Pisando arenas firmes.






A mi hija.

POETA

Quedó esperando    unas  mañanas que jamás regresarían. Se perdió tras  un  velo de  recuerdos dejando  que la angustia  se quedase...