domingo, 18 de diciembre de 2011

PITO CONOCE A CAQUI

Aun no había llegado la segunda primavera, cuando la campiña moteaba de blanco la verde pradera.
Inmensas llanuras herbáceas acogían las conejeras, de los lomos blancos, así llamados por las características de su pelaje. La sombra de la luna se alejaba hacia el norte, y los días alargaban su luz, sujetando al sol con los largos brazos de las ramas de las poderosas hayas.
Caqui , se peinaba su colita blanca como la nieve, y adornaba su lomo, con pequeños brotes de alfalfa, la esperaba un día lleno de sorpresas, los hoyitos de su nariz temblaban palpitantes ,y nerviosas sus orejas se levantaban azuzadas por el temor a lo desconocido.
Cuando Caqui, abrió la puerta de su cubículo, sus padres la miraron orgullosos. Su madre. Le colocó una ramas de enebro sobre la cabeza, y mojó su hocico, con las primeras gotas del roció
Había llegado el día del Ami-real- donde todos los conejos jóvenes eran presentados a la junta de los jefes reales.
El aire, aun conservaba el aroma de la nieve de la montaña, cuando Caqui, salió de la conejera de sus padres, para dirigirse a la fiesta del Ami-Real .La mañana era clara, las nubes volaban lejanas en busca de compañeras para jugar a las lluvias y a las tormentas. A veces lloraban tanto que la campiña se inundaba, y había que bajar a los sótanos de las conejeras, en previsión de que la tormenta amainase.
E l gran jefe Amapolo agradecía a la lluvia que sus praderas siempre estuvieran llenas de brotes de diente de león, henascos, semillas de leguminosas y hierba rala, y en épocas buenas también crecían tulipanes amarillos, tréboles violetas y unas baya rojizas, que los conejos adultos utilizaban para las celebraciones de las camadas, así llamada por coincidir con el nacimiento de los pequeños conejos.
La gran madriguera estaba situada en el cent ro de la campiña, guardaba la noche cuando el sol salía .Sus entradas se protegían con matorral alto y zarzas de enredadera, en su interior un laberinto de pasillos comunicaban a la gran sala central donde se liberaban los asuntos concernientes a toda la comunidad.
Un a gran mesa presidida, por el gran jefe Amapolo y sus sabios, conejos, daba la bienvenida a los presentes. Cientos de jóvenes conejos venidos de otros lugares peleaban por las hembras demostrando toscamente el poder de sus vigorosas patas, y sus afinados bigotes, los más osados hinchaban su lomo en señal de coraje y gallardía.
Caqui, observaba, a los aspirantes a galanes, mientras mordisqueaba el suculento banquete, con el que se les obsequiaba. Nabos, hojas tiernas de zanahoria, remolacha, escarola, e incluso con moderación se permitía acceder a las vallas del olvido.
Machos y hembras, se enzarzaban en la ceremonia de preparación para compartir una nueva vida alejada de los padres. A partir de hoy dijo El gran jefe Amapolo, tendréis que arriesgar vuestras vidas en busca de alimentos, la pradera, es vuestro hogar, pero no olvidéis, que el zorro, nos espía, y cuando la sombra negra cubra vuestro cuerpo, esconderos del águila, y solo cuando la luz sea clara y duradera podréis salir.
De entre todos los conejos Caqui se fijo en un conejo enclenque y tímido que se escondía en un rincón oscuro de la madriguera. A pesar de que estaba en los huesos, poseía un porte elegante y una mirada noble. Ninguna coneja se le había acercado y Caqui a pesar de que tenia una larga fila de brabucones pretendientes, se dirigió hacia el y le ofreció una baya roja.
El conejo, la miró con la tristeza del gran ausente, antes de aceptar la invitación se dirigió a ella y se presentó:
---Me llamo Pito y vengo huyendo de las tierras altas.
Los arboles murmuran que es peligroso adentrarse en esos territorios, y que somos perseguidos por un animal mas peligroso que el águila y el zorro, dijo Caqui.
----Así es contestó, Pito.
---Existe, y conozco su olor, lo llaman" hombre".
---Caqui, olisqueo a Pito, y  este agradecido accedió a comer la baya roja.
Un sentimiento nuevo se instalo en el corazón de Caqui y Pito, la brisa mecía la hierba alta, y los dos enamorados corrían por la pradera envueltos en la bruma de los elixires del amor.
Les esperaba un incierto futuro, pero juntos lograrían alcanzar, la felicidad.

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POETA

Quedó esperando    unas  mañanas que jamás regresarían. Se perdió tras  un  velo de  recuerdos dejando  que la angustia  se quedase...